Salió el PSG con la convicción de siempre. La convicción del campeón, del que sabe que es mejor y que por eso tiene que ganar. El guión no cambió respecto a lo que venimos viendo de los parisinos durante toda esta temporada. Posesión, movimiento, Ibrahimovic. Sin embargo algo había diferente en el Municipal de Roudourou. Era el ambiente, era el sistema del rival, era la temperatura. Pero sobretodo, el alma de un equipo y una afición convencidos de que con actitud no hay rival invencible.

En los de Gouvernnec una idea había calado bien: mantener la posición y morir por cada balón durante 90 minutos. A veces algo tan complejo como el fútbol se reduce a eso. Sin importar el dinero que uno tenga, la posición que ocupe en la tabla o las estadísticas. Eso al fin y al cabo no son más que números. El PSG no dominó el partido por tener un 70% de la posesión, no creó más peligro por completar casi el cuádruple de pases que su rival. La idea es lo que importa, y esta tarde la idea del Guingamp era no ponérselo fácil a un conjunto acostumbrado a pasearse por la alfombra roja.

Ibrahimovic pareció no entender lo que estaba pasando. Su mirada dejaba notar que algo no encajaba y el partido no se parecía en nada a lo que habían planeado. Dos líneas defensivas muy juntas del Guingamp apagaron todas las luces de los parisinos, completamente faltos de ritmo. El sueco, ante la falta de opciones de recibir el balón cerca del área rival, cada vez retrasaba más su posición esperando que los defensas le siguiesen, pero éstos no entraron en el juego. Recibiendo el esférico a 40 metros de la portería y teniendo a nueve rivales por delante, el máximo goleador de la Ligue 1 no da tanto miedo.

No encontró aliados en su cruzada la estrella del PSG. Pastore volvió a su desidia habitual. A Matuidi y Verratti pareció superarles las circunstancias. Así el ritmo fue decayendo -si es que en algún momento lo hubo- y el sopor hizo su presencia. Pero los únicos que parecían no dormirse eran los jugadores locales, que con cada balón recuperado salían a la contra como azotados por un látigo. Y a cada susto que se llevaban los parisinos el ánimo de la afición y la confianza de los jugadores locales iba en aumento. La sensación podría haberse ido al descanso acompañada de un gol si el colegiado hubiese tenido a bien señalar un claro penalti de Marquinhos a Yatabaré.

Foto vía ligue1.com

En la primera acción de la segunda mitad el delantero local volvió a ganar la posición al joven zaguero, pero su remate se marchó fuera por poco. Era el segundo aviso del malí. No cambió ni un ápice el guión del encuentro pese a que cambiasen algunas piezas. A medida que avanzaba el cronómetro el aliento de la grada se hacía más patente. El PSG tenía el balón, lo movía, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, al central y vuelta a empezar. Cada vez que el cuero se acercaba a las inmediaciones de Assembe varias camisetas rojas se lanzaban a por ella como si en el mundo no hubiese nada más. El meta tuvo que intervenir en alguna ocasión a disparos inofensivos, y su seguridad no hizo más que desesperar un poco más al líder de la Ligue 1, que parecía seguir en Paris jugando su partido de Copa contra el Montpellier.

El encuentro entró en su fase final y la sensación era completamente inusual: si alguien ganaba no iba a ser el PSG. A seis minutos del final Marquinhos volvió a perder la marca de Yatabaré, esta vez en un córner, y a la tercera el ariete no perdonó. Locura en el césped y más todavía en la grada. Sin embargo el cuento no tuvo un final del todo feliz. En un último remanso de orgullo el campeón se vino con todo arriba, y también en un saque de esquina Alex puso las tablas. La desgracia local podría haber sido completa si Ibrahimovic, en su única acción clara cara a puerta de todo el partido, hubiese acertado a poner el balón entre los tres palos tras una salida horrible de Assembe. Al final reparto de puntos que para unos sabe a gloria y para los otros pone punto final a su peor semana de la temporada.

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