Obstinación y perseverancia más allá de lo comprensible

En el fútbol moderno es difícil encontrar historias de amor verdadero entre un jugador y un club. Son pocos los futbolistas que establecen lazos con su equipo tan fuertes como para mantenerse ahí aunque el equipo pase por una mala época, y por lo general, los pocos que lo hacen es por el afecto que siente por esa entidad tras años de pertenecer a ella.

Mañana, en la final de la Coupe de France, podremos ver a uno de esos especímenes que casi podríamos considerar como raros y que toman decisiones que poca gente entiende. Lionel Mathis porta el brazalete de capitán del EA Guingamp desde 2010, y es un absoluto ídolo entre la afición del club bretón. Ya sin conocer su historia y fijándonos sólo en lo que aporta sobre el verde veremos normal esta admiración que siente por él la grada. Un centrocampista serio, de los de la vieja escuela. Trabajador del primer al último minuto, obcecado en buscar la perfección, el control total en su zona, tanto que rara vez se permite gestos técnicos de los que luego se haría un vídeo para YouTube. La sobriedad es su baza, trabajo y seguridad, correr y no equivocarse. ¿Quién no quiere tener un jugador así en su plantilla?

A sus cualidades dentro del terreno de juego, hay que añadir una no menos importante capacidad de liderazgo y un saber hacer fuera del ámbito que ocupa el partido en sí. Tiene todos los ingredientes para ser un referente. Pero, y aunque pueda parecer utópico, esta no es la razón de la adoración del Guingamp hacia él. Para entender un poco más su historia nos remontaremos a sus inicios como profesional. Mathis no debutó con el conjunto bretón, ni mucho menos. Su andadura como futbolista se inició en el Auxerre en la temporada 2000/01, y permaneció allí hasta 2007, formando parte de la generación dorada del club junto a los Djibril Cissé, Philippe Mexès o Jean-Alain Boumsong, y ganando dos Copas de Francia en los años 2003 -en el que además fue elegido jugador más prometedor de la Ligue 1- y 2005.

Acabado su contrato en 2007 decidió irse al Sochaux, un equipo que acababa de ser campeón de Copa y que por tanto iba a jugar en Europa la campaña en la que llegó Mathis. Tras un año en el que prácticamente no contó se marchó cedido al Guingamp -que estaba en Ligue 2- para iniciar su particular historia. En el Stade de Roudourou volvió a sentirse importante, ganó su tercera Copa de Francia y aunque esa temporada no lograron ascender, fichó por el conjunto bretón firmando un contrato por 3 años.

El destino a veces nos guarda sorpresas, giros inesperados, y la siguiente temporada el Guingamp no sólo no ascendió, sino que consumó su caída a National, la tercera categoría del fútbol galo. Fue entonces cuando Mathis, un jugador acostumbrado al éxito en su pasado, tomó la decisión más extraña y con la perspectiva del tiempo más bonita que podía tomar: quedarse para devolver al equipo a donde le pertenecía. Su persistencia encontró recompensa esa misma temporada, logrando volver a la segunda división, y tras dos años en ella, los bretones se harían hueco en la Ligue 1 dando la oportunidad a su capitán de volver a la máxima categoría.

Mañana el Stade de France puede ver el regreso de un mito. Lionel Mathis, el hombre que juró amor al Guingamp por encima de cualquier circunstancia, puede recibir su premio al levantar su cuarta Copa de Francia. Además, será su partido 213 con el conjunto bretón, superando los 212 que jugó con el Auxerre. Caprichos del destino que añaden interés a una final ya de por sí cargada de morbo.